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21-12-2009, anécdota real:

Cierto día, al ir a abrir una lata de Cocacola en casa, noté extrañado algo anormal en ella... Pesaba poco, demasiado poco... ¡Coño, que estaba vacía! ¡Pero cerrada! ¡Cerrada y vacía! ¡¿Cómo podía ser tal paranormal suceso?! ¡¿Cómo me habían podido vender una Cocacola vacía y yo haberla comprado tan felizmente sin ni darme cuenta?! Bueno, diré a mi favor que me la colaron en un pack, y claro... uno no se da cuenta al coger un pack de seis que pesa cinco sextos de lo habitual... Así que, una vez superé mi desilusión, una vez calmé de otra manera mi sed, y una vez acepté que soy la única persona del mundo capaz comprar una Cocacola vacía... pensé en guardar aquella lata como una curiosidad más. De hecho todavía la conservo con mucho cariño como un trofeo, como un tesoro, como un preciado objeto de coleccionista... en un armario de casa, como si fuera un objeto de decoración más, un muy absurdo objeto de decoración más. Cuando mi pareja se enfada conmigo... me amenaza con abrirla. ¡Y claro, ¿qué gracia tendría entonces...?! Me muero si algún día alguien me abre esa lata de Cocacola... sería la mayor putada que me podrían hacer. Mierda, para qué lo habré dicho :) PD: Por otro lado, tengo que hacer enormes esfuerzos por vencer la tentación de arrancarle la chapa :)

12-12-2008, anécdota real:

Un día, hace quizá más de una década, mi madre me pidió que guardara las chapas de las latas de refresco, para dárselas a la hija de alguna amiga suya. Esta chica las reunía porque alguien le había dicho que le habían dicho que por ahí se decía que por cada kilo de anillas que una sola persona llegara a juntar... la ONCE realizaría, a cambio, la donación de una silla de ruedas (¿recordáis ese rumor?)... Cuando al mes llevaba unas 100 chapas en mi haber, pensé "a ver, ya que estoy haciendo el tonto de esta manera, al menos voy a hacerlo por mí", y me quedé las chapas yo. Y no sólo eso, sino que ya demasiado tarde, y ya había adquirido el hábito de guardarme en el bolsillo, casi por inercia, las chapas de cada lata que yo bebía, bebían los demás, o -incluso, durante una enfermiza temporada- veía en el suelo. Se hizo popular mi excentricidad, y ya sin ni siquiera pedirlo, la gente me dejaba abrir sus refrescos para que me quedara con las anillas, o incluso me obsequiaban -los mejores amigos y camareros- con puñados que ellos mismos habían reunido. Y así se inició la más absurda de las colecciones, donde cada chapa es igual a cada chapa; y una colección donde todos los elementos son iguales... no es una colección, es un montón de ponzoña. Por eso, cierto día, al reparar años después en el volumen que había alcanzado el susodicho montón, me replanteé su existencia (además de la mía propia) y decidí encontrarle un sentido a todo aquello... o dejarlo para siempre. Así que a la ONCE que llamé, con hilariante resultado. Yo que había estado perdiendo el tiempo con aquello durante los últimos años, vi por un momento la remota posibilidad de que aquel probable bulo de la silla de ruedas... fuera, en realidad, realidad. Pero cuando la atenta señorita de atención al cliente me atendió y oyó mi lerda pregunta... soltó literalmente, entre carcajadas...: "¡madre mía, había llamado mucha gente preguntando esa tontería, pero ninguno en los últimos 2 años!". Es decir, que además de tonto, me estaba llamando lento. Pero ni siquiera después de aquella frustrante humillación fui capaz de perder la inercia de guardarme siempre la puñetera chapita en el bolsillito, para después alimentar mi absurdo montoncito... hasta el día de hoy, en que ya no me atrevo ni a contar cuántas tengo. Por eso hoy pido que alguien me ayude. Ya doy por imposible desengancharme de guardar chapas al más puro estilo síndrome de Diógenes, pero por favor, que alguien me diga al menos qué puedo hacer con ellas... y así no sentirme tan absurdo. Será bienvenida cualquier cosa que podáis hacer por mí... menos darme la chapa. Bueno, ni la lata. :)

09-11-2008, anécdota real:

Hace unos cuantos meses decidí iniciarme en el mundo de las compras por Internet. Con bastante recelo, eso sí, ya que soy el típico al que, si algo puede salirle mal... no le sale mal sino peor. Pero haciendo caso omiso a cualquier conato de sensatez, decidí que debía arriesgarme... y me arriesgué, con -por supuesto- cómico resultado. Como no podía ser de absolutamente ninguna otra manera, pasaron los quince días de plazo máximo de entrega, y aquel cable adaptador que había pedido y pagado... no llegó. Actualmente, unos ocho meses, ochenta llamadas, y ochocientas excusas después, no sólo no me han enviado el cable todavía... sino que ha pasado tanto tiempo que el artículo ha dejado de existir. Sí sí, ha dejado de fabricarse, ha quedado totalmente descatalogado. De chiste, vamos. Y ahora la distribuidora que me lo vendió, que al parecer no guardaba ningún ejemplar en su stock, se las está viendo y deseando para conseguir uno para mí. Según sus últimas excusas telefónicas, al parecer ahora están esperando el artículo de otras distribuidoras, las cuales supuestamente sí guardaban ejemplares en su stock. Pero de la misma forma que mi distribuidora nunca me envía el pedido, parece ser que la distribuidora de mi distribuidora tampoco se lo envía nunca a ella; seguramente porque en realidad ellos tampoco lo tengan... Me pregunto si estas distribuidoras, a su vez, también han pedido el cable a otras distribuidoras que también se han echado el farol de tenerlo, y éstas a su vez... etcétera, etcétera, etcétera... No descarto incluso que alguna de estas últimas distribuidoras haga el pedido a una de las primeras, generando así un bucle infinito de pedidos. De absoluto circo, vamos. Así que ahora se ha montado un cacao impresionante, de pedidos sobre pedidos que crecen a ritmo exponencial, de un producto cuya demanda sube y cuya oferta baja como si de un valor de Wall Street se tratase, que se está revalorizando con cada nuevo nivel de pedidos hasta límites insospechados, pero que quizá en realidad ni exista ya en ninguna parte del mundo. Así que, sin ingerirlo ni deglutirlo, he generado una crisis ninja de pedidos basura de tal magnitud que va a intervenir hasta el gobierno, inyectando cables adaptadores en el mercado hasta inflarlo y solucionar por fin este enredo. Así que concluyo esta historia con la misma frase que otras tantas de mi vida… “Si es que lo que no me pase a mí…”